lunes, 13 de diciembre de 2010

Escribir, es también no hablar. Es callarse. Es gritar sin ruido.

A todos mis miedos, mis fracasos, mis enemigos más íntimos. A todos los caminos que han pasado por mi lado, a todas las manos que me han rozado. A mis trenes perdidos y a mi mal dormir. A todos aquellos para los que no he estado. A los malentendidos, las mentiras y a nuestros silencios. A todos aquellos momentos que creí compartidos. A todas las frases que se dicen demasiado rápido y que no se piensan. A aquellas que no me atreví a decir. A los años perdidos intentando creer en ti, en mí, en lo que pudo haber sido. A todo lo que no he visto cerca, sólo de lejos. A todo lo que debí haber ignorado, a todos aquellos a quién debí haber olvidado. A los monólogos que yo no inventé. A las historias fallidas de haberse querido demasiado. A cordones y vidas en paralelo que nunca se cruzan o cruzarán. A todo aquello que nos llega por fin, pero demasiado tarde. A todas las máscaras que se deberían haber llevado. A nuestras debilidades y fallos. A los miedos imposibles de perder. A nuestras acciones perdidas.

 

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